lunes, 6 de marzo de 2017

Mundos Paralelos III. Los Columpios.


1

Recuerdo cuando apenas teníamos 11 años, mi hermano gemelo y yo solíamos sentarnos todos los días a la misma hora a columpiarnos bajo la sombra de aquel viejo árbol de castañas.
Éramos tan idénticos físicamente pero muy distintos en gustos. Él, trataba de seguir los pasos de mi padre; un destacado investigador en el área de la física cuántica y a diferencia de mí, en sus lecturas, buscaba siempre la quinta esencia de las cosas, algo que para niños no era muy común. Sus curiosidades iban más allá del tiempo y del espacio.
Yo, por el contrario, me inclinaba por la literatura y también para aquel entonces poseía algo fuera de lo común: Era una autentica polilla de biblioteca.
‒Algún día seré un escritor famoso ‒ le decía a mi hermano.
‒Algún día visitaré una estrella ‒ me respondía con el ánimo de competir con mis sueños.
Una tarde, justamente el día de nuestro cumpleaños número once, en la que las nubes cubrían todo el cielo con un manto gris casi negro, nos sentamos a columpiarnos y mientras le contaba a mi hermano sobre el último libro de Julio Verne que había leído él contemplaba al nublado cielo.
Pasado unos cinco minutos me interrumpió y me dijo:
‒Eldo, haré un viaje imaginario a la estrella Alfa Centauri, pensarás que estoy loco, pero tú más que nadie sabes que eso es lo que más anhelo en esta vida. Esta estrella está solo a 4 años luz de distancia. Ya tengo hecho todos mis cálculos y estoy seguro que algún día volveré. Solo quiero que sigas al pie de la letra mis indicaciones: La primera es que guardes este reloj y todo los días a esta misma hora, vengas aquí a columpiarte y anotes el tiempo que ha transcurrido. La segunda, es que no le digas nada a Papá. Quiero darle una sorpresa cuando le muestre ante sus ojos que el tiempo medido desde un sistema que viaja a velocidades cercanas a la de la luz, se dilata. Ahora… cierra los ojos y cuenta hasta diez...
Cerré mis ojos y empecé mentalmente a hacer un conteo regresivo. 10, 9, 8, 7… Cuando llegué al cero los abrí y su columpio se mecía por inercia hasta que sus oscilaciones decrecieron en el tiempo y se detuvo. Pero mi hermano no estaba.
‒Odel, Odel, Odel… ‒grité varias veces, pero jamás apareció.

2

Cuando cumplí 22 años con 4 meses, publiqué mi primera novela. Mi padre había muerto 2 años atrás. Nunca pudo superar el dolor por la desaparición de mi hermano. Yo tampoco, aunque mi dolor era aún más fuerte porque aun estando en su lecho de muerte traté de confesarle el secreto que guardaba de mi hermano… y no me dio tiempo. El sonido continuo de aquel aparato al que lo tenían conectado, se me adelantó.
Me hubiera gustado autografiarle mi novela a cada uno de los seres que más quise. Pero no pudo ser.
Esa tarde, a la misma hora de siempre me dirigí al columpio. Hice la anotación del tiempo como todos los días. Me senté en el mío y empecé a mecerme. Cerré los ojos por un rato. Muchos recuerdos vinieron a mi mente. Un pequeño ruido me sacó del letargo. Abrí los ojos y quedé completamente petrificado.
Un joven como de unos 18 años se mecía lentamente en el columpio de mi hermano. Tenía un reloj en su mano. Me miró a los ojos y me dijo.

‒Han pasado 7 años según mi reloj. ¿Cuánto pasó en el tuyo?‒me preguntó, más no respondí. Estaba viviendo exactamente el final que había escrito en mi novela. Ahora yo era 4 años con 4 meses mayor que mi hermano gemelo.

domingo, 5 de marzo de 2017

Mundos Paralelos II.



―¿Te consideras un despilfarrador?—pregunté.
― Ufff… ― respondió con énfasis―en mis despilfarros superé la extravagancia de los más pródigos. Fui el creador de una nueva especie de baños, de manjares extraordinarios y de banquetes monstruosos; me enjuagaba con esencias, unas veces calientes y otras frías, tragué perlas de muy alto precio disueltas en vinagre, hice servir a mis invitados, panes y manjares condimentados con oro. Durante muchos días arrojé a la muchedumbre, desde lo alto de la basílica, enormes cantidades de monedas pequeñas. Hice construir naves de diez filas de remos, con velas de diferentes colores y con la popa guarnecida con piedras preciosas. Para la edificación de mis palacios y casas de campo, no tuve en cuenta ninguna de las reglas, y nada ambicionaba tanto como ejecutar lo que se consideraba irrealizable: Construí diques en mar profundo y agitado, hice dividir las rocas más duras, elevé llanuras a la altura de las montañas y rebajé los montes a nivel de los llanos, hice todo esto con increíble rapidez, y castigando la lentitud de mis súbditos con pena de muerte. Y para que no te queden dudas en menos de un año disipé los inmensos tesoros de heredé de mi antecesor.
Algo nos interrumpió. Mi esposa entraba al consultorio con un perrito chihuahua en sus brazos.
El paciente entró en pánico al ver al perro. Se puso de pie y empezó a gritar que lo sacaran de la habitación o se llevaran al perro. Temblaba, sudaba, lloraba. Entre tres guardias de seguridad no podían controlarlo. Le hice señas a mi esposa que saliera y después que el paciente se hubo calmado suspiré satisfecho.
―Es todo por hoy― le dije y dirigiéndome a uno de los custodio le ordené―ya pueden llevar al paciente a su cuarto.
Me quedé pensativo y después de releer todos mis apuntes exclamé:
―No tengo la menor duda… es Calígula.

jueves, 2 de marzo de 2017

Mundos Paralelos I.


―Felicidades Nicolás―gritaron todos los compañeros de laboratorio al tiempo que alzaban sus vasos con refresco.
Era un 19 de febrero y todavía se vivía la efervescencia por el reciente paso del asteroide 2012 DA14 que cruzaba el cielo nocturno sobre Sumatra (Indonesia), a tan sólo 27,860 kilómetros de la Tierra, y continuó su travesía cósmica a unos 28,100 kilómetros por hora. Nicolás lo había observado todo y estaba realmente emocionado y si a eso le sumamos la sorpresa que le habían  dado sus compañeros, pues no tenía palabras para expresar tantas emociones juntas.
―¿Que edad cumples mi buen Nicolás? ― preguntó Smith, un joven recién graduado de la carrera de Astronomía que se estaba entrenaba para operar el más potente de los telescopios que recientemente había comprado unos de los laboratorios más especializados de la NASA.
El anciano se dejó caer en su silla y ocurrió un suceso que dejó a todos con los pelos de punta… 
Cerró los ojos y empezó a hablar en un prusiano casi perfecto.
―Quien me hubiera visto a tu edad con este instrumento. ¿Quien sabe que no hubiera hecho? Fueron casi 25 años haciendo un modelo heliocéntrico del universo. En aquel entonces, muy pocos lo aceptaron, aunque fue toda una verdadera revolución en la astronomía.
―¿De qué hablas Nicolás?
El anciano se mostró enojado y casi rojo de la ira le gritó.
―¡Qué no me digas más Nicolás, carajo! Mi nombre es Copérnico y hoy cumplo 544 años.
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