sábado, 27 de mayo de 2017

Mundos Paralelos VII: Invierno silencioso.


Noche tras noche, desde hacía dos semanas, Don Cayetano Pinto entraba sigiloso a la habitación. Ella parecía esperarlo. Su mirada fija y su silencio sólo reflejaban la indiferencia que le causaba que aquel hombre le impusiera un sexo que no deseaba. A él no parecía importarle. Entraba jadeante, prendía la débil luz de una lámpara incandescente y el humo que producía la condensación de su aliento simulaban al triunfante conquistador que antes de atacar a su presa se fuma un cigarrillo en espera que ella le diga «Ya estoy lista matador». Pero él no esperaba tan sugerente anuncio, ni mucho menos que ella indicara el momento perfecto, más bien lo calculaba. Y así, medio tembloroso le levantaba las piernas y las colocaba sobre sus hombros cansados. Luego sin mucho cortejo seductor, la penetraba a sus anchas, mientras que de su boca pestilente y agria, salían una gleba de piropos poco creativos: « ¡Qué rica estás!» « ¡Eres lo máximo!» «Esta noche vas a tocar el cielo con tus dedos…»
Ella se movía involuntariamente. Sus brazos caían a los lados de la fría cama y su vista confusa entre la niebla parecía suplicar que terminara de soltar el tibio semen que marcara el fin de una violación anunciada. Siempre callada y obediente soportaba el ultraje hasta escucharse el grito de una vil eyaculada.
Don Cayetano Pinto se limpiaba el pene y repetía los mismos pasos ahora a la inversa. Acomodaba sus piernas en la fría plancha, subía el cierre de su pantalón y le acomodaba sus brazos sobre el abdomen. Expulsaba una bocanada de aire caliente y una estela de aire condensado envolvía su rostro. Apagaba la tenue luz y salía de la fría habitación con aires de victoria.
Minutos más tarde se sentaba en la garita de la morgue municipal a fumarse un puro y cumplir su sagrada tarea de esperar a que apareciera algún familiar de alguno de los muertos que almacenaba en la nevera.

«Ojalá y los de ella nunca aparezcan» Pensaba suplicante el infame cuidador.

sábado, 13 de mayo de 2017

Mundos Paralelos VI. El gran Premio.



Cinco años después de la entrada triunfal de Fidel a la Habana, frente al gran jurado, el escritor Bonifacio Paniagua de la Sierra, recordaba amargamente cada uno de los sucesos que lo habían hecho ascender al Olimpo de los héroes.
Tumba la Burra, poblado de unos diez bohíos a lo máximo y enclavado en lo más recóndito de la Sierra del Escambray se engalanaba y sorprendía al mismo tiempo, con la noticia de que el ahora jefe del sector de policía del caserío,  al servicio de la revolución recién triunfada, subiera como la espuma de la noche a la mañana, sin algún antecedente conocido de ser un estudioso de las letras, y mucho menos de que supiera leer o escribir.

***

Cinco años bastaron para que culminara su obra. Ese día conocería la gran ciudad. La Habana, capital de la isla y que todavía rebosante de belleza conservaba el tenue maquillaje de lo que había sido en su época de esplendor. Bonifacio quedó tan enamorado de La Habana como quedaron en su tiempo, Charles “Lucky” Luciano y Meyer "The Little Man" Lansky, cuando se reunieron en aquel histórico encuentro de la mafia estadounidense y el Sindicato del crimen judío a finales de la década de los 40. Todos querían una tajada de aquel maravilloso pastel del cual ya quedaba solo los olores. Pero aun así, las viejas paredes del Hotel Nacional conservaban la historia. Y allí, junto a todo el vendaval de arquitectura y años estaba Bonifacio. Más asustado que alegre, y más nervioso que el día que decidió robarle al General Buenrostro aquel portafolio lleno de dinero y documentos que le habían confiado a su custodia.
Llegó a la habitación todo tembloroso. Tanto lujo no estaba concebido en la mente de un guajiro de monte adentro. Con miedo a no “ensuciar nada” caminó sigilosamente hacia la cama, se dejó caer como cerdo en su chiquero y no tardó un tiempo más largo del que canta un gallo para quedarse completamente dormido.
Parecía muerto. Parecía contento.  Al amanecer, estaría a las puertas de su gran día. El gran premio Casa de las Américas. ¿Sería suyo? Solo era cuestión de tiempo.

***

El Cementerio de Colón es una de las 21 necrópolis existentes en la ciudad de La Habana. Se dice que por su gran número de obras escultóricas y arquitectónicas, muchos especialistas lo sitúan como el segundo de más importancia en el mundo, precedido solamente por el de Staglieno en Génova, Italia.
Ese fue el escenario al que sin saber cómo y a punto de amanecer, el botones Arcadio había llevado a Bonifacio. Quería develarle un gran secreto, que no está de más decir, le había puesto la piel más erizada que la de un pollo sin plumas.
Siguiendo sus indicaciones se acomodaron en un rincón muy discreto desde el cual dominaban una excelente visión del solitario cementerio. Se sentaron en silencio a observar tumbas y flores ya avejentadas por el tiempo. Arcadio parecía una estaca. No decía ni esta boca es mía y su rostro aparentaba el de un enfermo en fase terminal. Esto hizo que el asustado Bonifacio, empezara a impacientarse.
—Esto está más muerto que los muertos que guarda—comentó.
—No comas ansias Bonifacio. Dicen por ahí que la paciencia es la madre de todas las ciencias. Observa bien. Mira cuanta quietud. Pero no por eso está muerto. Aquí yacen los recuerdos de miles y miles de personas. Todos sus misterios, sus sensaciones, sus ilusiones y frustraciones, lo que soñaron y lograron y lo que jamás pudieron alcanzar. Sus aventuras, las conquistas, los amores y también los desamores. Sus condenas cumplidas o por cumplir. Sus venganzas; Las que consiguieron llevar a buen fin y las que aún esperan cumplirse. Todo cuanto puedas imaginar, está atrapado por todas estas lápidas.
Bonifacio tembló por un instante.
—Todavía no alcanzo a entender la vida, como para estar entendiendo a la muerte—balbuceó.
—Eso es justo lo que quiero mostrarte. Dentro de unas horas, saltarás del anonimato a la fama—le dijo esto mostrándole el libro que presentaría Bonifacio—. Esta es tu gran novela. No dudo que ganes algún premio o hasta el gran premio.
Bonifacio tomó el libro en sus manos. Y para su gran sorpresa, en lugar de su nombre, tenía el de otro autor.
—Tú más que nadie sabes que esa novela no es de tu autoría  porque si lo has olvidado yo no. Tú ni leer sabes y mucho menos escribir. Pero eso no importa. El día que robaste aquel portafolio a mi padre, también te llevaste el manuscrito de esta historia que yo acababa de escribir. Estoy seguro que pensaste que era de él y que con su fusilamiento, todo quedaría en el olvido. Pero no. Llevo años tratando de localizarte y hasta hace unos días me enteré por la prensa de este libro, de tu historia y del autor. Como podrás imaginar ya no puedo hacer nada. El tiempo conspiró en mi contra, además de que nadie me creería ni daría valor a mis palabras porque soy hijo de un ex militar que torturó, robó e hizo demasiado daño durante el gobierno de Batista y  que además fue tu jefe y compañero de andanzas. Creo que si este jurado y hasta la misma revolución a la que sirves hoy como esbirro se enteraran que tú también torturaste y mataste a muchos por creer que eran revoltosos revolucionarios, este premio jamás te lo darían…, pero no solo eso, me imagino que perderás tu puesto de jefe del sector de Policía y hasta una buena celda esté ya preparada para recibirte. Pero tienes mucha suerte Bonifacio. Como la tuviste cuando triunfó esta porquería de revolución y te hiciste pasar por revolucionario y que no te agarraran los del movimiento 26 de julio. Tienes mucha suerte. Dentro de unos escasos minutos, develaré ante ti, que este gran secreto quedará también guardado en este silencioso cementerio. Y como siempre, te saldrás con la tuya.
Y en efecto. Justamente cuando el reloj anunciaba las ocho de la mañana, entró al cementerio un cortejo fúnebre. Desde donde estaba, Bonifacio lo siguió con la vista. Todavía sostenía el libro en sus manos. Pero Arcadio no estaba a su lado. Esperó un rato y luego caminó lentamente hacia donde el nuevo habitante del cementerio ocuparía un espacio eterno. Un escaso grupo de mujeres lloraban, y una de más edad, quien debía ser la madre del muerto, colocó las últimas flores sobre la tumba. Nadie habló ni para dedicarle una palabras de despedida.
Muy pronto todo volvería a la inmensa calma, que era la mayor característica de aquel legendario cementerio. Fue entonces que Bonifacio se acercó a la tumba y pudo leer el mismo nombre que había leído hacía unos minutos en la portada del libro. Arcadio Buenrostro (1930-1964)

***

Eran casi las nueves cuando el botones despertó a Bonifacio.
—Se le va a hacer tarde señor. Ya lo esperan en el vestíbulo del hotel.
Y ese día, cinco años después de la entrada triunfante de Fidel a La Habana, Bonifacio Paniagua de la Sierra, saltó del anonimato a la fama. Su novela fue un éxito rotundo. Aunque en Tumba la Burra, nadie supo jamás de aquel enigmático jefe del sector de policía, convertido de la noche a la mañana en escritor. Hay quien dice que se suicidó unos días después del gran premio porque no pudo con tanto remordimiento.
Pero la realidad es mucho más cruel. Hoy Bonifacio, a pesar de su avanzada edad, está ocupando un puesto de jerarquía en las altas esferas de la cultura cubana aunque nunca más publicó una novela.

martes, 18 de abril de 2017

Mundos Paralelos V. Las orgías de mi Papá.



Se dice fácil, tal vez se lea fácil, pero para mí que lo viví en carne propia es todo lo contrario. Mucho se ha escrito y hablado sobre mí pero solo yo sé la verdad. Y una de las verdades más duras de mi vida, es haber tenido un padre, que primero fue amante de mi abuela, después de mi madre y por último… mi amante.
Uno de los sucesos más grotescos que aún conservo, entre tantos hechos por mi padre, sucedió durante la última noche de octubre de… perdonen mi memoria, pero fue tantos años que no tengo muy clara la fecha…
Esa noche, se invitó a importantes hombres a participar de un banquete, en donde hubo distintas comidas y bebidas. Luego de la cena, fueron recogidas las mesas y se procedió a la parte bailable. Me apasionaba tanto el arte y ese místico lenguaje corporal que traducía historias creadas por verdaderos talentos. Luego se pasó al ballet, en donde cierto número de candelabros fueron colocados en el suelo y entre ellos fueron esparcidas las castañas que las cortesanas desnudas tenían que coger con la boca mientras pasaban de manera sugerente por las velas.
Y fue ahí donde todo tomó un rumbo muy sorprende para mí.
Mi padre se puso de pie y gritó:
‒Qué comience la orgía.
Y todos los presentes se desnudamos y tuvieron sexo con las prostitutas contratadas por mi hermano. Mi padre, en un acto de generosidad ofreció premios de todo tipo. Para los menos potentes sexualmente, hubo también regalos: dobletes de seda, pares de zapatos, sombreros y otras prendas de vestir.
Los criados por su parte, llevaban la cuenta de la cantidad de orgasmos de cada invitado, ya que mi padre premiaría con joyas y ropajes lujosos a los 3 hombres que hubieran eyaculado un mayor número de veces.
No puedo negar, que me calenté hasta un punto tal, que le pedí a mi hermano que me acompañara a mis aposentos.
‒Lucrecia, tu corazón late muy acelerado.
‒Vamos Cesar, no disimules más, sé lo que sientes por mí y quiero desahogar este fuego que me quema por dentro. Vamos, apúrate que no te invité para que me vieras masturbar.
Dicho esto, mi hermano se abalanzó sobre mí y nos fundimos en uno de los momentos sexuales más apasionados que recuerdo en toda mi vida. Y miren que tuve muchos.

‒ ¡Qué lastima! Hoy no se viven esas orgías en el Vaticano… Bueno, quién sabe.

lunes, 17 de abril de 2017

Mundos Paralelos IV. Tu más fiel adicción.



Desperté sobresaltado. No podía creer lo que acababa de vivir. Él estaba ahí, sentado frente a mí. Hablaba en un tono muy pausado, así como lo hacía mientras nos contaba aquellas historias que aún no escribía…

***

—A comienzos de agosto de 1966, acompañé a mi esposa a la oficina de correos porque quería mandar a Buenos Aires el manuscrito terminado de esta novela ― me dijo mientras me entregaba un ejemplar del libro que me parecía muy familiar y que amablemente me había autografiado ―. Me recuerdo que el paquete contenía cuatrocientas noventa páginas mecanografiadas y no me imagino la cara que puse, pero cuando el empleado de la estafeta me anunció: «Son Ochenta y dos pesos»,  miré a mi esposa y la vi buscar en su monedero. Su rostro debió ser un espejo que reflejaba al mío. Solo teníamos cincuenta pesos, así que indiqué al empleado que fuese quitando hojas, como si se tratara de lonjas de jamón, hasta que los $50 pesos cubrieran el envío. Regresamos a la casa y empeñamos la estufa, el secador y la licuadora y con lo que recaudamos fuimos de nuevo a la oficina de correos y enviamos el segundo bloque. Al salir, mi esposa se detuvo y se volvió hacia mí: «Oye…, ahora lo único que nos falta es que la novela sea mala».

***

Sonreí mientras acariciaba el libro que reposaba abierto sobre mi abdomen. "Cien Años de soledad". Era la cuarta vez que lo leía. Fue el primer libro que me había regalado mi padre cuando apenas tenía yo 10 años y que aún conservo como un gran tesoro. Leí una vez más la dedicatoria que me había escrito: "Para mi hijo. Ojalá y la lectura sea en un futuro, tu más fiel adicción". Tu papá". 
Lo cerré y volví a sonreír. Ahora pensaba en Gabo y en la anécdota que acababa de contarme en mi sueño. De inmediato me vino a la mente una frase suya que había leído hace algún tiempo. «En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres y en las cuales se orientan mejor con menos luces

Sin dudas que se refería a Mercedes.

lunes, 6 de marzo de 2017

Mundos Paralelos III. Los Columpios.


1

Recuerdo cuando apenas teníamos 11 años, mi hermano gemelo y yo solíamos sentarnos todos los días a la misma hora a columpiarnos bajo la sombra de aquel viejo árbol de castañas.
Éramos tan idénticos físicamente pero muy distintos en gustos. Él, trataba de seguir los pasos de mi padre; un destacado investigador en el área de la física cuántica y a diferencia de mí, en sus lecturas, buscaba siempre la quinta esencia de las cosas, algo que para niños no era muy común. Sus curiosidades iban más allá del tiempo y del espacio.
Yo, por el contrario, me inclinaba por la literatura y también para aquel entonces poseía algo fuera de lo común: Era una autentica polilla de biblioteca.
‒Algún día seré un escritor famoso ‒ le decía a mi hermano.
‒Algún día visitaré una estrella ‒ me respondía con el ánimo de competir con mis sueños.
Una tarde, justamente el día de nuestro cumpleaños número once, en la que las nubes cubrían todo el cielo con un manto gris casi negro, nos sentamos a columpiarnos y mientras le contaba a mi hermano sobre el último libro de Julio Verne que había leído él contemplaba al nublado cielo.
Pasado unos cinco minutos me interrumpió y me dijo:
‒Eldo, haré un viaje imaginario a la estrella Alfa Centauri, pensarás que estoy loco, pero tú más que nadie sabes que eso es lo que más anhelo en esta vida. Esta estrella está solo a 4 años luz de distancia. Ya tengo hecho todos mis cálculos y estoy seguro que algún día volveré. Solo quiero que sigas al pie de la letra mis indicaciones: La primera es que guardes este reloj y todo los días a esta misma hora, vengas aquí a columpiarte y anotes el tiempo que ha transcurrido. La segunda, es que no le digas nada a Papá. Quiero darle una sorpresa cuando le muestre ante sus ojos que el tiempo medido desde un sistema que viaja a velocidades cercanas a la de la luz, se dilata. Ahora… cierra los ojos y cuenta hasta diez...
Cerré mis ojos y empecé mentalmente a hacer un conteo regresivo. 10, 9, 8, 7… Cuando llegué al cero los abrí y su columpio se mecía por inercia hasta que sus oscilaciones decrecieron en el tiempo y se detuvo. Pero mi hermano no estaba.
‒Odel, Odel, Odel… ‒grité varias veces, pero jamás apareció.

2

Cuando cumplí 22 años con 4 meses, publiqué mi primera novela. Mi padre había muerto 2 años atrás. Nunca pudo superar el dolor por la desaparición de mi hermano. Yo tampoco, aunque mi dolor era aún más fuerte porque aun estando en su lecho de muerte traté de confesarle el secreto que guardaba de mi hermano… y no me dio tiempo. El sonido continuo de aquel aparato al que lo tenían conectado, se me adelantó.
Me hubiera gustado autografiarle mi novela a cada uno de los seres que más quise. Pero no pudo ser.
Esa tarde, a la misma hora de siempre me dirigí al columpio. Hice la anotación del tiempo como todos los días. Me senté en el mío y empecé a mecerme. Cerré los ojos por un rato. Muchos recuerdos vinieron a mi mente. Un pequeño ruido me sacó del letargo. Abrí los ojos y quedé completamente petrificado.
Un joven como de unos 18 años se mecía lentamente en el columpio de mi hermano. Tenía un reloj en su mano. Me miró a los ojos y me dijo.

‒Han pasado 7 años según mi reloj. ¿Cuánto pasó en el tuyo?‒me preguntó, más no respondí. Estaba viviendo exactamente el final que había escrito en mi novela. Ahora yo era 4 años con 4 meses mayor que mi hermano gemelo.

domingo, 5 de marzo de 2017

Mundos Paralelos II.



―¿Te consideras un despilfarrador?—pregunté.
― Ufff… ― respondió con énfasis―en mis despilfarros superé la extravagancia de los más pródigos. Fui el creador de una nueva especie de baños, de manjares extraordinarios y de banquetes monstruosos; me enjuagaba con esencias, unas veces calientes y otras frías, tragué perlas de muy alto precio disueltas en vinagre, hice servir a mis invitados, panes y manjares condimentados con oro. Durante muchos días arrojé a la muchedumbre, desde lo alto de la basílica, enormes cantidades de monedas pequeñas. Hice construir naves de diez filas de remos, con velas de diferentes colores y con la popa guarnecida con piedras preciosas. Para la edificación de mis palacios y casas de campo, no tuve en cuenta ninguna de las reglas, y nada ambicionaba tanto como ejecutar lo que se consideraba irrealizable: Construí diques en mar profundo y agitado, hice dividir las rocas más duras, elevé llanuras a la altura de las montañas y rebajé los montes a nivel de los llanos, hice todo esto con increíble rapidez, y castigando la lentitud de mis súbditos con pena de muerte. Y para que no te queden dudas en menos de un año disipé los inmensos tesoros de heredé de mi antecesor.
Algo nos interrumpió. Mi esposa entraba al consultorio con un perrito chihuahua en sus brazos.
El paciente entró en pánico al ver al perro. Se puso de pie y empezó a gritar que lo sacaran de la habitación o se llevaran al perro. Temblaba, sudaba, lloraba. Entre tres guardias de seguridad no podían controlarlo. Le hice señas a mi esposa que saliera y después que el paciente se hubo calmado suspiré satisfecho.
―Es todo por hoy― le dije y dirigiéndome a uno de los custodio le ordené―ya pueden llevar al paciente a su cuarto.
Me quedé pensativo y después de releer todos mis apuntes exclamé:
―No tengo la menor duda… es Calígula.

jueves, 2 de marzo de 2017

Mundos Paralelos I.


―Felicidades Nicolás―gritaron todos los compañeros de laboratorio al tiempo que alzaban sus vasos con refresco.
Era un 19 de febrero y todavía se vivía la efervescencia por el reciente paso del asteroide 2012 DA14 que cruzaba el cielo nocturno sobre Sumatra (Indonesia), a tan sólo 27,860 kilómetros de la Tierra, y continuó su travesía cósmica a unos 28,100 kilómetros por hora. Nicolás lo había observado todo y estaba realmente emocionado y si a eso le sumamos la sorpresa que le habían  dado sus compañeros, pues no tenía palabras para expresar tantas emociones juntas.
―¿Que edad cumples mi buen Nicolás? ― preguntó Smith, un joven recién graduado de la carrera de Astronomía que se estaba entrenaba para operar el más potente de los telescopios que recientemente había comprado unos de los laboratorios más especializados de la NASA.
El anciano se dejó caer en su silla y ocurrió un suceso que dejó a todos con los pelos de punta… 
Cerró los ojos y empezó a hablar en un prusiano casi perfecto.
―Quien me hubiera visto a tu edad con este instrumento. ¿Quien sabe que no hubiera hecho? Fueron casi 25 años haciendo un modelo heliocéntrico del universo. En aquel entonces, muy pocos lo aceptaron, aunque fue toda una verdadera revolución en la astronomía.
―¿De qué hablas Nicolás?
El anciano se mostró enojado y casi rojo de la ira le gritó.
―¡Qué no me digas más Nicolás, carajo! Mi nombre es Copérnico y hoy cumplo 544 años.
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